LAGUNAS DE MEMORIA

LAGUNAS DE MEMORIA

 

     He visto el final. Lo he visto una, diez, cien, mil veces, y lo veré otras diez mil veces más —aunque no tenga importancia—; pues, ¿qué importancia tendría para vosotros, viles mortales? Mis palabras no son más que un intento desesperado, un último enfoque de las limitadas energías que aún me pertenecen; —¿y verdaderamente me pertenecieron? Pensarlo es, de por sí, una locura. No obstante… ¿A qué aspiro? La fama o el reconocimiento no son motivos que impulsen mi voluntad. Pero, en estas circunstancias, ¿el motivo realmente importa? Ya muy pocas cosas tienen real importancia en este mundo, por lo menos para mí; pues no he conocido otra vida más que aquella —del hombre— que se condena al exilio, al abandono y el olvido de la civilización junto a su insignificante lucha ideológica, racial y territorial. Pero no debéis, por mis palabras, malinterpretarme. Es decir, no soy un santo ni mucho menos un iluminado de la vida, ya que es posible —incluso probable—, que —yo— sea el más corrompido de los corrompidos hombres que habitan este mundo. Y aquello podría representar mi ventaja por sobre los demás, ¿no? Lucho contra los vicios que alguna vez consideré, virtudes. Tan equivocado como ellos me encontraba. Pero es necesario que todos encuentren su propio camino, o que al menos lo juzguen, racionalmente; pues estar equivocado o no, ¿qué importa? Y es que en realidad, la única posibilidad, es que estemos por siempre equivocados, y eliminar el error es… es condenarnos a nosotros mismos; es asesinar nuestra esencia creadora. ¿Me creeríais si os dijera que, para algunos, asesinar esa esencia es considerada una meta superior? Pues es la meta que ellos se han propuesto realizar; una superior a sus propias fuerzas transgresoras, destructivas y… —¿cuál era la otra palabra? Ya no lo recuerdo, pero fueron condenados desde sus inicios. ¿Qué quién fue condenado? Nuestra sociedad, es decir, su juventud. Ya saben, la destinada a construir el nuevo futuro de la humanidad… —¿acaso tiene sentido? ¿No era al revés? Ni siquiera —yo— logro comprenderlo. Es decir, se siente como si los papeles hubieran sido invertidos y yo… —¿pertenezco a ese grupo? Formo parte de la fuerza de la juventud, cuyo irrefrenable deseo de pertenencia lo impulsa a formar parte en las filas de la así llamada «fuerza revolucionaria», que nubla toda posible noción de razón —¿no ha sido acaso condenada a la inmadurez? —; dejando su libertad de acción al amparo del sentimiento —cargado de odio.

     Una época de luz, es lo que pidieron. Les dimos un siglo entero —¿y qué hicieron? La llama comienza a apagarse, se torna oscura y, ¿no es aquel el último augurio de lo venidero? Estamos condenados. ¿Estamos? Eso ya ha sido repetido por grandes y célebres personalidades, en tiempos ya muy remotos. Lo cierto es que, desde la oscuridad nace un nuevo sentimiento —que más tarde se convierte en pensamiento—; en un ideal que podría iluminar las tinieblas de los vestigios de la civilización que, hoy por hoy, conocemos. Pues no somos más que eso: un vestigio de lo venidero. El tambor que marcará el paso de lo que verdaderamente soñamos ser —¿todavía soñamos? No recuerdo la última vez que soñé. Tan sólo pesadillas hay desde entonces. ¿Desde entonces? ¿De qué? De haber experimentado una, diez, cien y mil veces más aquello que… —¿qué?

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DESTELLO DE LUCIDEZ

DESTELLO DE LUCIDEZ

Imágenes, tenues representaciones de eventos y sucesos que han tenido lugar en el interior de mi cabeza —¿o era mi consciencia? —, ¿tal vez mi mente? No es posible establecer una diferencia —o una conexión—, es decir, ¿quién de vosotros podría establecerla? No sois más que espectadores, vivos o muertos, ¿eso qué importa? Solo sois espectadores; —y los espectadores no necesitan tener consciencia de sí mismos —¿o sí? Me pregunto si formáis parte de mi realidad —¿formar parte de mi realidad? —; no sois recuerdos, no me pertenecéis, y yo tampoco os pertenezco. ¡Por qué habría de perteneceros! No le pertenezco a nadie —¡ni siquiera a mí mismo! —, ¿y tendría que perteneceros a vosotros, buitres e idólatras seres? ¡Cansado estoy de todo esto! ¿O es que acaso no podéis comprenderlo? Lo que habéis visto, lo que veis y lo que seguiréis viendo no es más que una apariencia, una máscara transmutable —¡que no se cansa de cambiar para sobrevivir! ¿Sobrevivir? ¿Qué sentido tendría —ya? ¿Qué sentido tendría el seguir fingiendo que puedo mantener el control de mis impulsos? ¡Es una lucha incesante y agotadora —y por que mi espíritu está agotado! Agotado… y sin ganas siquiera de llorar…

La imagen se desvanece, se esfuma como la niebla y se pierde en medio de la inmensidad de un paisaje que no logro reconocer. ¿Hacía qué lugar se ha marchado el instante presuroso de una noche de lucidez? Nada de esto tiene sentido. ¿Siquiera alguna vez lo ha tenido? Desvaríos —nada más. Vacías palabras tiradas a los cuatro vientos con la intención de formular un texto coherente, digno —quizá— de despertar algún sentimiento, una sensación o… No. Aún estoy demasiado lejos de ese camino; pero camino, después de todo; —¿hacía qué lugar?

DE UN ESPÍRITU —O UN DIOS— CANSADO

DE UN ESPÍRITU —O UN DIOS— CANSADO

En un mundo olvidado,

Un ser finito aspiró a ser eterno.

Eterno,

Cual dios creador,

Anhelo —un día— la muerte;

Pues la vida era una carga

—demasiado pesada—;

Y quería —él— ser ligero.

Si tuviéramos tiempo para hablar sobre la vida de éste individuo, perderíamos nuestro valioso tiempo evocando palabras sin ningún significado —¡nulo significado! —; pues el intento desesperado de un hombre por representar una realidad anterior a la existencia de un individuo que no existió hasta pasados sus veintidós años, es una tarea inútil. No obstante no deben ser malinterpretadas mis palabras ya que pensar que el pasado de la vida de un hombre es, a lo más, una etapa que puede —y podría—, según la necesidad, estar condenada al olvido, es una irresponsabilidad; —y no ha de ser aquella la interpretación de mis palabras. Todo lo contrario. Es necesario, más que ninguna otra cosa, recordar nuestro pasado para forjar un futuro, mientras el presente se nos escapa de las manos; —y aquello no debe importarnos. Habiendo aclarado aquello —y consciente de la necesidad que me inspira a relataros ésta historia— afirmaré que, especialmente su pasado, no debe ser considerado una especie de memorándum digno del recuerdo pues, ¿a quién le importan los efímeros años de la vida de un individuo que, a lo largo de la misma, no hizo más que ir y venir de la escuela —y posteriormente del liceo— como si fuera un vulgar autómata sosegado por el tiempo? Evocar ese pasado no valdría la pena, y es que en verdad no tendríamos nada que decir. No obstante, ¿por qué tomarnos el tiempo para hablar sobre su presente? Es una pregunta de difícil contestación; —especialmente cuando intentas no establecer ninguna conexión con una vida anterior a la propia existencia del individuo que te propones representar. Una tarea, por lo más, imposible; pero que muchos otros se han propuesto realizar; —y yo he hecho lo propio.

Os haré la siguiente pregunta: ¿Cuándo un ser humano se vuelve consciente de aquello que ocurre a su alrededor y en el interior de su propio ser? Sin lugar a dudas —entre los lectores—, podrían formularse una y mil respuestas diferentes, que a su vez podrían explicar un sinnúmero de fenómenos, así como los actos y las decisiones de los individuos que las toman. Pero, ¿es aquella la pregunta correcta? A pesar de todo nuestro conocimiento y experiencia desconocemos aquello que parece ser la base de todo aquello que conocemos; —o al menos aquella era su percepción sobre el tema…

En una habitación en que los rayos de la luz solar apenas logran penetrar, un hombre se encuentra recostado sobre su cama. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuvo una razón para levantarse, pero eso no le importa. Así como tampoco le importa el haber abandonado su hogar —por última vez—, hace aproximadamente tres meses; —salvo esporádicas caminatas con la intención de ir a comprar pan; pues incluso el ensimismado necesita pan y agua para sobrevivir, ¿no? Eso no es sobrevivir —¿quién podría llamarlo así? —; pues no es más que la extensión del sufrimiento interno, que ni siquiera el más reflexivo y contemplativo de los hombres podría —un día— comprender. Y se sume —cada vez más— en su abismo; —el abismo insondable de su propia perdición.

La vida de un hombre que ha perdido toda esperanza y que ha abandonado toda creencia, podría resumirse —muy malamente— en aquellas pobres palabras; —que ni siquiera representan una realidad. Sin embargo, debería agregar que, incluso el más cansado de los hombres, podría un día cansarse de estar siempre cansado, y levantarse para vislumbrar la luz de un nuevo día. Aquel fue el caso de éste ser que, un día —como agobiado por oscuras entidades—, se levantó presurosamente; —al instante mismo en que pensaba y escribía las siguientes palabras:

«Encerrado en estas cuatro paredes, un hombre podría llegar a amar la soledad; pues al momento de abandonar su encierro, se sentiría como un extranjero —surcando los mares de aquello que un día creyó conocer. Y no digo con esto que la sociedad sea la enemiga de nosotros —los que hemos amado el silencio—; sino que afirmo la idea de que somos conscientes de que ninguno de ellos podría comprender el significado de nuestro ensimismamiento, o al menos eso es lo que creo; —en mi ingenuidad. Y es que existe una necesidad que nos inspira, a nosotros —los otros—, a alejarnos del tumulto y de las verdades que el cúmulo de ciudadanos profesa —tan airadamente. Pero, ¿es nuestra consciencia de sabernos diferentes lo que nos inspira a alejarnos? Muchas veces ni siquiera nosotros —los otros— lo comprendemos. ¿Cómo es eso posible? Nos afanamos en rehuir todo lo conocido, y en ocasiones nos reímos de aquellos insulsos e inconscientes seres que viven una vida automatizada, y condenada, por lo más, a la esclavitud de un sistema; —en que el individuo es esclavo y verdugo de sí mismo. ¿Aquella es nuestra real consciencia? Vale decir: ¿que sus vidas carecen de todo significado? ¿En realidad carecen de significado? Afirmarlo sería una estupidez; pero en ocasiones no es un error —al menos entre la juventud de la cual formo parte. Y es que no hay significado en mi vida; —y generalizar es también una estupidez.

He visto a hombres, amigos, entregarse a los vanos y efímeros vicios en búsqueda de placer, y, salvo contadas ocasiones, con la intención de encontrar una respuesta superior a sus propias facultades, condenadas todas a despreciar lo único que verdaderamente les pertenece —¿verdaderamente nos pertenece? —; nuestra capacidad para dar sentido a todo esto que llamamos “existencia”, se ha esfumado. Y no podemos encontrarla —¿tendríamos que hacerlo? —; algún peso habrán de tener nuestras esperanzas, calcinadas.

Yo decidí alejarme de todo eso. Es decir, ¿realmente había logrado algo? A pesar de haber vivido como un verdadero autómata, cuya necesidad última era la de pertenencia, siempre fui consciente de lo que hacía —en eso no puedo engañarme. Pero la decisión que tomé, ¿fue correcta? Con el tiempo me ensimisme cada vez más en mí mismo, con la errónea concepción de que tenía la intención de comprender el “por qué” de que existiéramos, el “por qué” de que debamos existir. Es decir —me decía—, ¿es realmente necesario? ¿Si existiéramos o no, cambiaría algo? No somos más que un pequeño punto en un gran mapa llamado vía láctea. ¿Qué significado oculto podría haber en todo aquello? Es decir, ¿cuál habría de ser nuestro propósito? ¡Ninguno! —fue mi respuesta. Pero no era lo suficientemente maduro como para comprenderlo. En realidad, la existencia —nuestra existencia—, si tenía significado. Pero el hecho de que nosotros, como seres individuales, debamos encontrar —darnos— ese significado —¡o suicidarnos sin más! —, es una carga demasiado pesada —para quien no quiere cargar ningún peso. Y es que, ¿qué importa una vida más o una vida menos? Es evidente que estaba equivocado; pero no muy lejos de concebir una meta propia. ¿Una mera propia? Sí, una meta propia; —un fin último para luego descansar y vislumbrar el ocaso de mi propio tiempo; pues incluso un “dios” puede descansar. Y mi meta habría de ser superada por alguien más —¿no era aquel el fin último de todo esto? —; es una simple reflexión. Una reflexión que no coincide con el método adoptado por nuestra acelerada sociedad… ¿Pero acaso importa ya? Yo creo que no. Es decir, somos organismos en constante y perpetua evolución, condenados a equivocarnos y a rectificar eternamente nuestro camino, en un mundo que ni siquiera hemos logrado comprender en su totalidad.

Una multitud de preguntas aún presiona fuertemente el interior de mi ser, que aún no tiene claro el camino que ha de tomar. Pero, a pesar de todo, es momento de levantarme; pues lo único que sé es que somos creadores, indómitos seres domados, no por otros, sino por nosotros mismos; —condenados a definir y re-definir el significado de las palabras cuyo significado creemos conocer. Y lo desconocemos.»

Y en el pasado quedaron los días de pesadez y desgano, que, como muchas otras cosas, regresaron; —para ser suprimidas por un propósito auto-impuesto, que un día encontraría un final —por siempre esperado.