Inconcluso VI

De’Lairé piensa:

     »Una obsesión por el instante… Por la efímera emoción que todos buscan aprehender, controlar y jamás dejar escapar… No podemos dejarla escapar, ¿acaso no es eso lo que nos dicen? Felicidad, bienaventurada, ¡buenos y positivos pensamientos! ¿A quién le han servido? No son más que una mentira, una farsa que contribuye a mantener el desastroso orden ya establecido que… que nos ha vuelto esclavos de nosotros mismos… ¿Acaso no sentimos la responsabilidad de llevar a cabo un proyecto, una acción o… cualquier otra cosa… lo más rápido posible por el simple y vano deseo de verlo plasmado en la realidad, hasta el punto de abrazar la locura, la fatiga y… eventualmente… nuestro equilibrio natural? ¿Por qué será que queremos todo tan rápido? ¿Será que hemos olvidado que las cosas verdaderamente importantes requieren de tiempo, espacio y, eventualmente, de la voluntad necesaria para llegar al final? Pero nadie llega realmente al final del camino y, paradójicamente, continuamos sumergiéndonos en el abismo de nuestras propias y silenciosas lamentaciones, porque nadie puede ayudarnos, nadie puede salvarnos más que nosotros mismos y… No queremos caer. No queremos tocar el frío y obscuro fondo del abismo. Simplemente no queremos fracasar y, realmente, ¿quién fracasa en estos días? Todos los individuos han nacido con la luz iluminando sus bellos rostros y… Y todos nacieron destinados a alcanzar el éxito… aunque jamás lleguen, verdaderamente, a alcanzarlo; simplemente deben creerlo.

     El mundo no es más que una ilusión y, ¿acaso no formó parte de ésta cruel y despiadada ilusión? He construido una farsa, una ilusión que me lleva a pensar y repensar, una y otra vez, la misma, ¡la maldita idea que concebí en algún punto demasiado prematuro de mi vida!«

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Inconcluso V

5

 

     Como seguramente ya habéis comprobado, De’Lairé es un individuo extremadamente solitario. Pero no debéis juzgar su soledad como el mero acto del egocentrismo y/o superioridad que siente un individuo por sobre los demás individuos que conforman la sociedad de individuos. No, al contrario, De’Lairé suele —solía— ser un individuo bastante amigable y, en ocasiones, extravagante y divertido; sin embargo, debido a su completo estado de ensimismamiento, suele —solía— ser catalogado por los demás individuos como: “tímido” o “distraído”. Distraído podría ser una aseveración bastante contundente, aunque, a decir verdad, ninguno de nosotros podría hacer tal distinción, es decir, De’Lairé siempre ha desconfiado de los individuos que se le acercan y, eventualmente, lo quiera o no, suele —solía— mostrarse “distante” desde el instante mismo en que un individuo se acercaba a entablar conversación con él…

     Es evidente que él no acostumbra entablar relaciones interpersonales pues, en demasía, estás le causan gran malestar, especialmente aquellos encuentros que no ha arreglado con anterioridad pues, sí, es un individuo que ha planificado todo y que, como todos los individuos que lo han planificado “todo”, se ha visto sobrepasado por las variables y/o circunstancias que ni siquiera él puede controlar… Aquellos encuentros causan —causaron— multitud de desequilibrios en su homeostasis interna, impidiéndole evocar y/o formular adecuadamente las palabras que afloran, comúnmente, desde el interior de nuestras cuerdas vocales y…

     De’Lairé siempre ha preferido el anonimato. Es decir, hay personas que claramente lo reconocen cuando se encuentra en algún lugar público, pero, en demasía, nadie lo conoce por su nombre “real”, es decir, aquel que le dieron sus padres cuando nació, aunque, en lo que respecta a sus padres, surgen ciertas dudas que… De’Lairé ha ocupado un sinnúmero de seudónimos que, de acuerdo a sus palabras, le han servido para “transmitir las primeras ideas que han surgido en el interior de mi joven mente que, con los años, envejecerá y comprenderá las cosas de mejor o peor forma a como las comprendo ahora…”. Es posible que aquella sea la razón por la cual jamás ha terminado de escribir las historias que ha publicado —publicó— a lo largo de su existencia, y aquellas no eran más que meros extractos cuya extensión no superaba las ciento cincuenta páginas, y, en ocasiones, ni siquiera las quince mil palabras…

     Al ser un individuo extremadamente solitario, que se distancia fácilmente del cúmulo de la sociedad de individuos, De’Lairé es incapaz de tomar ventaja de una situación, es decir, cuando tiene una conversación —cualquiera sea el tema tratado con otro individuo—, De’Lairé es capaz de vislumbrar pequeños destellos que podrían darle, por así decirlo, ventaja sobre su oponente o, más bien, sobre una determinada situación; sin embargo, al ser un individuo demasiado… —no quiero decir ingenuo— inocente… El caso es que él no toma ventaja sobre ninguna situación que amerite el menosprecio y/o falta de una regla moral que él hubiera aprendido en su juventud… Paradójicamente, en contra de todas las probabilidades —en contra de la norma social establecida—, él siempre ha salido “vencedor” en sus pequeños y efímeros tratos comunicacionales con los individuos que conforman la sociedad de individuos…

     De’Lairé camina por las frías y desoladas calles de la ciudad… La lluvia cae sobre su desprotegida cabeza y, mientras las tímidas gotas comienzan a tomar fuerza, De’Lairé ingresa a una de las grandes tiendas en que la sociedad de individuos ha plasmado sus más efímeros y primitivos deseos en pos de un consumismo que… Logra guarecerse poco antes de que el temporal liberé la mayor de sus fuerzas por sobre la tierra inanimada, y en el interior de la gran tienda parece vislumbrar todo con nuevos y diferentes ojos, es decir, no ve personas tristes ni desanimadas —como ocurre habitualmente en los días de lluvia—, sino que todos se ven lozanos y felices, aunque…

     «¿Es posible que todo esto no sea más que una apariencia?» —se pregunta.

Vértigo

«Del vértigo a la inmensidad nos abrimos camino tras la esperanza de un tenue ideal que buscamos entregar al mundo. No obstante, ¿realmente somos conscientes de las ideas que ya no nos permiten descansar durante la noche? ¿Somos conscientes de que todo lo soñado, lo vivido y lo visualizado podría, puede y podrá condenar al mundo? Sí no eres consciente de eso…»

Inconcluso IV

4

 

     De’Lairé camina por la calle, en dirección a su trabajo ubicado en la Avenida… A medida que avanza observa las desencajadas expresiones que se forman en los rostros de la multitud de personas que, al igual que él, intentan abrirse paso a través de la angosta vereda. Como muchos de ellos —él— intenta no chocar con nadie, es decir, más que chocar, busca la manera de no tener contacto físico con ninguno de sus semejantes, pues, un leve topón, una mirada demasiado profunda o, incluso, un simple rozamiento podría desencadenar un conflicto interior que, muchas veces, es imposible de superar…

     De’Lairé llega a su trabajo e ingresa al pequeño edificio, sube las escaleras y llega al segundo piso. Sin levantar la mirada en ningún momento, avanza raudamente hacía su escritorio —siempre evita el contacto visual con los demás individuos de la sala. Finalmente llega a su escritorio, se sienta y enciende la computadora.

     Almery se aproxima al escritorio de De’Lairé, saludando fríamente a los demás individuos de la sala.

     Dice:

     —¿Cómo estás, De’Lairé? Jeannette me ha dicho que has comenzado a escribir una historia completamente diferente, pero que la historia que has entregado será publicada en un par de semanas.

     De’Lairé no levanta la mirada y se limita a escribir. Almery le observa, sonriendo.

     —¿Te gusta experimentar con cosas nuevas, verdad? —Arranque de felicidad, mientras regresa tras sus pasos—. ¡Mirad, señores, el individuo del futuro no se encuentra satisfecho con nada y, incluso al haber escrito la mayor de sus obras, deshecha aquella historia y vuelve a comenzar!

     La tenue silueta de Almery se pierde en la distancia y, De’Lairé, por siempre inmutable, continúa escribiendo, borrando y redactando el nuevo manuscrito que, probablemente, jamás acabará.

     Lee:

     «Somos un ejército de extraños nadando en medio de un tormentoso mar que, incuestionablemente, tomará nuestras vidas como… ¿Cómo desafiar la fábula moral de la cual hemos formado parte? ¿Siquiera podemos levantarnos y sobreponernos al desastroso final del cual, indudablemente, formaremos parte? Es decir, el mundo es sombrío, todo a nuestro alrededor es oscuridad y, debido a esto, no distinguimos entre nuestras presencias y las existencias de los “otros” que habitan nuestro mundo…

     En este mundo sombrío, olvidado y decadente solo existimos nosotros, pero, cuando me refiero a “nosotros” habló, indudablemente, sobre mi existencia, es decir, no hay “otros” que ocupen el mundo en sí… Lo que sucede con nosotros es que hemos aceptado, inexplicablemente, el final anticipado de nuestra propia existencia, pues somos conscientes… o más bien inconscientemente hemos creído saber aquello que no somos capaces de hacer por nosotros mismos y nuestro mundo que, paradójicamente, se ha convertido en la aceptación misma de que en nuestra mente podremos sobrevivir y…

     —Aquello no tiene sentido… —murmura De’Lairé.

     De’Lairé borra las palabras anteriormente evocadas y, nuevamente, comienza a escribir desde el principio. No obstante, ante su incapacidad para evocar las palabras que “no” afloran desde su interior, decide deshacer aquella acción. Después de hacer algunas modificaciones se levanta, se toma un tiempo y, nuevamente, se sienta a leer. Finalmente vuelve a levantarse, desciende las escaleras y se acerca al escritorio de Jeannette.

     Dice:

     —Te he enviado un preliminar. Entrégaselo a Almery, por favor.

     Sin esperar respuesta alguna, De’Lairé da media vuelta y sube las escaleras. Avanza raudamente —con la cabeza baja— en dirección a su escritorio. Entonces ordena sus cosas, apaga la computadora y vuelve a descender por las escaleras, está vez en dirección a la puerta principal del pequeño edificio. Finalmente, lo abandona.

Inconcluso III

3

 

     De’Lairé se encuentra sentado en el sillón de su casa, a unos dos metros de la televisión que transmite las noticias nacionales y mundiales. Él no mira la televisión, sino que se limita a escuchar y, de comercial en comercial, toma el control y cambia de canal. Después de un par de minutos —aproximadamente dos—, De’Lairé vuelve a sintonizar el canal de noticias nacionales y mundiales —aún continúa la transmisión de los comerciales. De’Lairé apaga la televisión y se levanta malhumorado, pero, después de algunos segundos, se calma y vuelve a sentarse en el sillón, a unos dos metros de la televisión. Toma el control y la enciende, pero, al instante mismo de hacerlo, se levanta y la apaga.

     De’Lairé se ha sentado frente a la mesa en que, habitualmente, come; sin embargo, él no está comiendo. En su mano derecha tiene un bolígrafo y en la otra una taza de café, pero, frente a sus ojos, una hoja en blanco. De’Lairé acaba su café —continúa observando la página en blanco. De’Lairé se levanta, toma el cuaderno y el bolígrafo, y se dirige a su habitación —guarda el cuaderno y deja el bolígrafo sobre la tapa del mismo.

     De’Lairé tomó un libro y comenzó a leer… Después de un par de minutos se aburrió y lo dejó en su sitio. Encendió la pantalla de su celular, visualizo la hora y se fue a dormir.

Inconcluso II

 

2

 

     De’Lairé frente a la computadora, leyendo las palabras que escribió hace una semana.

     «Somos los perdedores, los fracasados que, en un futuro próximo, habrán de tomar las riendas del presente inmediato de su mundo. Somos los seres humanos que, con su apatía, escribirán, redactarán, compondrán bellos párrafos y sonetos, pero, siendo indiferentes a aquel futuro que aún no nos pertenece, ¿por qué preocuparnos? Estamos hartos, ¡cansados de hacer nada! Estamos…

     Nosotros no podemos crear nada nuevo. El futuro, el presente, incluso el pasado no nos pertenece. ¿Realmente no nos pertenece? No es necesario que nos digan cuando tomar las riendas del… Pero, ¿en realidad queremos tomarlas? El futuro que ellos nos han creado es sombrío. Todo el peso de la historia ha recaído sobre nuestros hombros y… ¿En realidad seremos capaces de soportar toda la carga humanitaria? Es decir, como cualquier generación ya pasada, nosotros… nosotros somos lo peor de la hueste generacional. Simplemente no tenemos mayores aspiraciones, es decir, ¿quién de nosotros podría tenerlas al mirar a sus semejantes… a aquellos que han vivido libres? ¿Libres de guerras y de la opresión que ejercían sus “líderes” y “jefes” sobre ellos? Libres de la carga de “no ser realmente libres”. A diferencia de ellos, nosotros somos libres, es decir, la información, nuestra capacidad para elegir, la multiplicidad de opciones que extienden los horizontes de nuestro limitado entendimiento…

     No nos sentimos libres. ¿Por qué abríamos de sentir la libertad? No necesitamos sentirla y, irónicamente, experimentarla no…»

     De’Lairé se detiene. Toma el mouse y con un par de clics elimina todo lo anteriormente redactado. Las páginas, nuevamente, quedan en blanco. Se encuentra sentado frente a la computadora. Toma el mouse y deshace la acción anteriormente efectuada. Las páginas vuelven a llenarse con las palabras que había escrito. Con un par de clics hace una copia y, luego, vuelve a eliminarlo todo. La página vuelve a estar en blanco. De’Lairé abre una segunda pestaña —una con la página en blanco y otra con la copia— y, nuevamente, comienza a escribir desde el principio.

Inconcluso

 

1

 

   Sentado frente a la computadora. Escribiendo. Borrando palabras. Redactando el primero de sus inconclusos trabajos.

   Almery se aproxima al escritorio de De’Lairé. En su rostro resplandece una gran sonrisa.

     Dice:

    —Mi buen amigo, ¿cómo vamos con ese gran trabajo? He leído el preliminar y estoy seguro de que se convertirá en una obra que causará mucha polémica en el mundo.

    De’Lairé levanta, levemente, la mirada. Sonríe y, sin decir ninguna palabra, vuelve al trabajo. Entonces comienza a escribir, a borrar palabras y, irónicamente, a redactar el primero de sus inconclusos trabajos.

    —¡Eso es! —Dice Almery en un arranque de felicidad, mientras se da media vuelta y regresa tras sus pasos—. Aquello, señores, es un hombre con convicción ¡Inalterable ante la distracción!

   De’Lairé continúa escribiendo. Borra algunas palabras. Está redactando el primer borrador del manuscrito que jamás acabará.

Sueña despierto

El hombre que sueña despierto fantasea, comúnmente, con la evocación de la aparente realidad que cree visualizar a través de sus frágiles ojos. A menudo se adentra en mares oscuros, tempestuosos, en búsqueda de palabras, frases e ideas que logren evocar la visión que el busca ver representada en el mundo físico. Pero en otras tantas ocasiones —el hombre que sueña despierto— no hace más que sumergirse en la completa y perpetua incertidumbre, pues, a diferencia de muchos otros, puede verse a sí mismo y se da cuenta de que es incapaz de crear e imaginar aquel bello mundo que existe, pero que no logra encontrar —quizás evocar.

     El hombre que sueña despierto fantasea, pero aquel fantasear no es más que el vivido deseo por regresar a un estado anterior a la propia consciencia que se tenía sobre sí mismo. Ante todo, añora volver a ser un niño, pero al verse incapaz de volver a ser como tal, se limita a soñar despierto, pues, ¿quién puede impedirle soñar? En demasía es lo único que le pertenece, y lo cierto es que aquello, aquella tenue visión no es suya.

     ¿Quién entre vosotros podría negar tal afirmación? ¿Acaso no son aquellas nada más que la tenue —fugaz— representación de la realidad misma en la cual se vive? Pero, diréis, “el hombre que sueña despierto busca huir, precisamente, de aquella realidad que siempre lo ha acongojado”, en parte es cierto, pero no. El hombre que sueña despierto huye, se retrae en sí mismo en un intento desesperado por encontrar respuestas a preguntas que nunca han sido contestadas. Pero en la mayoría de las ocasiones —especialmente en nuestros tiempos— ese hombre no logra evocar nada nuevo, al contrario, evoca con sus palabras viejos y antiguos paradigmas que cree nuevos —en un principio—, pero que logra reconocer como ya pensados, pues su trabajo no se limita a evocar aquellas palabras que, por arte del azar, fueron escritas en los incontables manuscritos.

     Ahora bien, dejando a un lado aquel pequeño paréntesis, debéis comprender que mis palabras no son más que la frágil pincelada que busca comprender en profundidad los sucesos que llevaron a su mundo a presenciar su —ya— inevitable final. En este sentido, he de decir que muchos hombres han hablado sobre los sueños y su inusitada capacidad para evocar, por así decirlo, los hechos de un futuro inmediato, es decir, la perfecta evocación de un suceso que ha sido, no sé por quién, determinado a desarrollarse.

     Hay dos preguntas que constantemente me atormentan en las frías noches en que me encuentro sumergido tras las oscuras paredes de esta antigua edificación. Las preguntas son las siguientes: ¿Fueron sus sueños los que, de alguna manera, evidenciaron el final de nuestro mundo? ¿O fueron aquellos sueños que evidenciaban el final de nuestro mundo los que alentaron a los hombres a evocar aquel lúgubre destello de la locura humana?

     Lo cierto es que no me es posible profundizar en aquellas interrogantes, pues, en demasía, tendría que haberlas vivenciado por mí mismo. Aunque, si lo pienso mejor, creo que tampoco me habría atrevido a hacer tales revelaciones que, indudablemente, habrían evidenciado mi oculto deseo por ver este mundo completamente sumido en el caos, y debo decir que jamás he querido aquello —al menos no conscientemente.

     Por otro lado, regresando a los temas anteriormente tratados —superficialmente, claro—, en ocasiones me encuentro sumido en una especie de bucle que se repite constantemente evocando siempre la misma y lúgubre escena. En otras tantas ocasiones he logrado visualizar mi figura en medio de aquel triste teatro que no evoca más que la miseria de mi existencia, pero no consigo ver más allá de lo que —allí— ha sido representado. Y, exactamente, ¿qué ha sido representado?

     Me encuentro —yo— sentado en el centro mismo de las tribunas y no hay nadie más a mí alrededor que pueda evidenciar el primer acto de la lúgubre obra teatral. Entonces se abre el telón. Al principio no se ve nada más que una silla sobre el escenario; sin embargo, minutos más tarde, el característico sonido de los pasos de un hombre sobre la madera se hace oír. Sin decir ninguna palabra el hombre se sienta y posa su mirada —fijamente— en la mía. Largos minutos permanecemos así, incapaces de reaccionar o movernos. Finalmente el hombre sonríe, se levanta, toma la silla y se marcha. Cuando sus pasos por fin dejan de resonar sobre las viejas tablas de madera, el telón se cierra, y los hombres y mujeres a mí alrededor comienzan a aplaudir fuertemente.

     No tiene sentido, ¿verdad? Yo tampoco logró comprenderlo, pero revivo aquella escena una y otra vez…

Voy y vuelvo

Simplemente me he vuelvo incapaz de concentrarme, específicamente, en una tarea, aunque, si lo pienso mejor, es algo bastante común.  Digo, no somos genios y, ante todo, somos lo peor de la hueste generacional de nuestro tiempo y, como si no fuera poco, la idea de un futuro esplendoroso se ha borrado de nuestras frágiles, sensibles memorias —es posible que aquella visión jamás hubiera existido realmente. Todo se ha vuelto sombrío, oscuro y melancólico, y nos hemos ensimismado en nosotros mismos para evidenciar una lucha, una pugna entre lo que considerábamos bueno y lo que ahora consideramos malo —a palabras simples, claro. Nuestra mente —lo que sea que fuere— se ha vuelto la mayor y más grande enemiga, aquello que deseamos controlar, aprehender. Pero, ¿somos conscientes de que no podemos controlar algo que ni siquiera hemos llegado a conocer? Aquel es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, el mismo que, irónicamente, se ve fortalecido por la estrepitosa fugacidad de nuestro tiempo —ya— acelerado, aquel tiempo abrumador que nos insta a aprovecharlo, que nos insta, casi inconscientemente, a forjar un destino —tal vez un propósito— por nuestra propia cuenta. Y aquello no está mal, ¿cómo podría estarlo? Al menos desde mi sistema de creencias es… aceptable. Pero, ¿qué hay del exceso de positividad que existe en torno a éste “forjarse un destino”? ¿A la angustia existencial que nos causa el estar parados entre el “todo” y la “nada”? Es decir, entre la posibilidad de lograr lo que nosotros queramos, con el simple hecho de querer lograrlo —casi sin esfuerzo—, y la posibilidad de simplemente “estar ahí”, de ser un observador que por el simple deseo de revelarse en contra del mundo ha decidido no ser nada, nadie.

     He visto personas felices, sonriendo por el simple hecho de sonreír porque otros, sus más cercanos, así lo hacen —al menos esa es mi percepción. Digo, ¿alguien quiere hacerse amigo de una persona que, eventualmente, se considera a sí misma “negativo-melancólico? Yo creo que no, pero, en el creer, muchas veces nos equivocamos.

     Un exceso ha acabado por consumir al ser que, excediéndose en la dosis habitual de felicidad —aquella que es y siempre será efímera—, ha llegado a considerarla una necesidad, y la necesidad se ha volcado en el eterno círculo vicioso del que todos queremos escapar, pero que, irónicamente, nos gustaría experimentar —y lo experimentamos. »Cuando digo “todos”, sin lugar a dudas exagero, pues mis palabras no son más que la “aparente percepción de la realidad que he experimentado a lo largo de mi efímera vida”.

¿Quién nos va a salvar?

Se han escrito millones de libros, muchas historias han sido plasmadas en sus páginas, pero, ¿alguna de ellas ha buscado entregar un conocimiento, una idea o un simple y fugaz pensamiento inspirado en la realidad física en la cual se desenvuelven los individuos? Por supuesto que sí, no obstante, al igual que mis pensamientos e ideas, esas creaciones están vacías.  Créanme cuando les digo que lo he intentado, pero, a pesar de todo, no soy el más apto, no soy el indicado para expresar el conjunto de pensamientos e ideas, locuras que, en la mayoría de las ocasiones, no evoco por temor. ¿Podría considerarme a mí mismo como una especie de existencialista? De alguna manera he posado todo el peso del mundo sobre mis hombros y he creído, falsamente, que éste acto, ésta decisión me ha vuelto «libre». Nada más alejado de la realidad.

     Es posible que haya malinterpretado todo, que ni siquiera lo haya comprendido y, eventualmente, mis palabras no serán más que el eco inaudible acallado por mil gritos de rabia. En este sentido, diré que ya no tengo miedo y me limitaré a expresar mi pensamiento, una vaga e indescriptible idea nacida de la realidad —o al menos eso es lo que creo.

     Nos hemos convertido en una especie de existencialistas muy bien enmascarados por un sistema económico, por una sociedad o, tal vez por el simple curso natural de los acontecimientos que, en demasía, nos ha convertido en los existencialistas que cargan con el peso de su propia existencia, en los individuos que ya no reconocen un “otro”, a un semejante o, tan siquiera a un enemigo. Es como si todos nos hubiéramos vuelto extraños inmersos en una especie de “mátrix” intersubjetiva, que se encuentra en constante pugna consigo misma, buscando fuerzas para sobresalir, perdón, sobrevivir al cúmulo de la gran sociedad que no reconoce ni tampoco “evoca” algo nuevo, pues se ha vuelto tan repetitiva, tan común y vulgar que… circunstancialmente… nos aburre, nos harta, nos llena de ira en el mundo de la eterna felicidad. La pregunta a todo lo anteriormente dicho es la siguiente: ¿Quién nos va a salvar? Posiblemente nadie más que nosotros mismos… Después de todo, en eso nos hemos convertido, ¿no? En meros individuos esperando la salvación, pues nos encontramos luchando contra nosotros mismos y, en demasía, ¿qué carajos puede importarnos el mundo? Ante todo que nos salven de nosotros mismos. Ante todo, que nos salven de nuestra propia mente…

     No tiene por qué ser así, y, si bien avanzamos con celeridad en búsqueda de un ideal que hace ya mucho tiempo no nos pertenece, es posible detenerlo todo —al menos aún conservo la esperanza de que así sea.