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Como todo gran descubrimiento, los AL-R fueron obra de la casualidad y de la inusitada capacidad de un hombre para estar presente en el momento preciso en que ocurriría un evento sin precedentes. Eztenich siempre fue un oportunista.
«Me encontraba perdido y sin ganas de vivir. Mi mayor creación habia sido el más grande de mis fracasos y con ello todos los sueños y aspiraciones habían encontrado un lugar placentero para morir. Ya no tenía propósito alguno en ésta vida y el único camino que quedaba era la muerte. Por ello fui a su encuentro en el mismo lugar en que todo esto había comenzado»
Su rostro no expresaba emoción alguna, mientras que sus palabras eran frías, secas, carentes de todo sentimiento.
«Ingrese a las antiguas construcciones sin mucha dificultad. Estaban completamente abandonadas, y los guardias no prestaban suficiente atención a los intrusos… Fue en aquellos momentos cuando un aire de nostalgia invadió todo mi ser, por lo que me dirigí hacía la instalación número 111; aquella en la que había depositado los mejores años de mi vida»
Su rostro palideció de pronto, y al cabo de unos segundos cayó desplomado en el suelo polvoroso de la entrada del edificio principal de las industrias OBO-TEC. La bata blanca que cubría su pálido y esquelético cuerpo, había sido rasgada en la parte inferior de su espalda; de un pequeño orificio surgían pequeños brotes de sangre. De aquel pequeño orificio parecía extenderse a lo largo y ancho de todo su cuerpo un extraño y desconocido espécimen que parecía estar alimentándose de su cuerpo ya debilitado. Sin embargo, del error. Del pequeño accidente que casi le había costado la vida que ya no quería, había encontrado la formula de una vida eterna.
Pasados algunos años y comprendiendo que muchos de nosotros tomamos aquel doloroso camino, resulta irónico pensar que –buscando la muerte– un hombre encontro la eternidad.

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AUTOMATIZADO II

Como todas las mañanas me levantó temprano y enciendo el visuo-estático; sin embargo es la primera vez que mi cuerpo se estremece al escuchar una noticia.
—Es evidente que existen fallas en algunos de nuestros primeros prototipos…
Puede visualizarse un cúmulo de informantes intentando tomar las declaraciones del líder de las industrias OBO-TEC. Como todo en nuestro mundo, la información siempre es entregada de forma veraz y oportuna; en vivo y en directo –como se decía en el pasado. Aquello –de alguna manera– evita la desinformación y abre nuevos puestos de trabajo –al menos eso se dice en los consejos de los líderes.
—Debéis ser conscientes de que estos inconvenientes no son eventos que nuestros científicos no puedan resolver…
—¿Qué ha ocurrido? –dice, una voz a mis espaldas.
Al principio era fácil distinguir una voz mecanizada de una verdaderamente humana –incluso sus facciones podían diferenciarlos de nosotros–, pero ahora son tan reales y auténticos que su capacidad de adaptación me hace estremecer.
—Solo ha habido un problema con uno de los prototipos propuestos por Eztenich. Nada importante.
Su mirada fría e inexpresiva sigue mis pasos mientras me dirijo tranquilamente hacía la cocina. Eventualmente ya he apagado el visuo-estático; sin embargo –a los lejos– escuchó el característico sonido que hace al encenderse. Y una vez más las estridentes voces de los informantes relatando los acontecimientos ocurridos aquella fatídica mañana. Pasados algunos minutos sus llamativos pasos metálicos se abren camino a través del hogar, y al verle irrumpir ante mis ojos le oígo decir:
—¿Por qué no me lo dijo, Julius?
Le observó algo abrumado mientras sorbo un poco de mi café. Ella continúa.
—Asesinar no es de máquinas… –me observa fijamente– A diferencia de ustedes los humanos, nosotros no tenemos motivaciones ni intereses egoístas que supediten nuestro actuar. ¿Por qué una máquina haría algo así?
—Bueno, Bell… –digo, poniéndome de pie– Hay explicaciones a hechos que escapan a todo lo que conocemos, y la verdad no sabría dar respuesta a tus inquietudes. Es evidente que no soy una de las personas más capacitadas, pero si lo deseas puedo investigar al respecto. Después de todo es mi trabajo, ¿no?
De una leve preocupación, las facciones de su rostro pasan a denotar cierto grado de confianza y decisión que ha quedado confirmada al comprender el significado de sus palabras; nunca lograré comprender la forma en que funcionaban estás máquinas.
—Sé que no lo admitirás, pero puedo verlo a través de tus ojos y de tus propias reacciones. De alguna manera esperabas que sucediera esto.
—No comprendo…
—No tienes porque hacerlo. Es evidente que el sentido de mi existencia es descubrir vuestro propio propósito en este mundo. Sin embargo, a pesar de manejar gran parte de la información referente a vuestros pueblos y civilizaciones, no consigo comprender la extraña forma en que normalizan hechos que eventualmente suponéis aislados.
—¿Qué tratas de decirme, Bell?
—No se preocupe. No tiene importancia. Como usted bien dijo: No está capacitado.
Dirigio sus pasos hacia la entrada principal, sin mirar atrás. Lo último que le escuché decir fue:
—Nos veremos en otra oportunidad, señor Julius.
Sus palabras siempre fueron desconcertantes al igual que sus pensamientos. Era como si fingiera observar la realidad que se le presentaba, mientras –al mismo tiempo– se sumergía en sus propias representaciones de una utopía inexistente. ¿Una utopía robótica, quizás? No… Eso jamás existió. Jamás existirá. El ser humano siempre prevalecerá.

VIVIR POR SIEMPRE

Es como un parásito que inconscientemente hace acto de presencia en nuestra consciencia y que, en un intento desesperado, nos impulsa a buscar nuevas formas y artilugios para prevalecer sobre la vida misma, ¿o acaso era la muerte? Ya no lo recuerdo. Sin lugar a dudas la vida, al igual que la historia, han dejado de ser acontecimientos relevantes para los hombres de nuestros tiempos. ¿Quién querría recordar los hechos y vivencias de una vida que jamás llegará a su fin? Simplemente es intrascendente pero -al mismo tiempo-, es lo que nos ha condenado a este estado de perpetuo ensimismamiento.
Es evidente que no podemos culpar a los hombres que ocasionaron todo esto. Como dice el vulgo:

  • Ellos solo buscaban el bienestar y la supervivencia de la civilización, no podemos culparlos por su ingenuidad y amor a su propia cittem.

Uno no puede juzgar a los hombres por su muy bien definido sentido común, aquel que los hace afirmar -sin conocimiento de causa- el porque de las cosas; sin embargo, en ocasiones resulta incuestionable que el así llamado “sentido común” pregona una sarta de mentiras y estupideces. Me atrevería a afirmar que si ellos conocieran la verdad tras todo esto se abalanzarian -como el agua en las rocas- contra las instalaciones de las industrias que les han quitado su humanidad. Es una probabilidad… mínima, aunque posible -por lo menos en mi imaginación, o en lo que creo puedo imaginar.

A-IAA-11

—Seres humanos… –murmuraba, mientras observaba en medio de la oscuridad de su habitación, escondido tras las cortinas de la ventana que daba a la calle principal de la ciudad.
—Son divertidos, ¿no te parece? –voltea, observa el reflejo de su cuerpo en el espejo que se encuentra a sus espaldas; es esbelto, sus largos cabellos oscuros cubren su rostro, escondiendo la belleza de sus ojos color avellana; no se ha afeitado ese día. Continua observando su reflejo en el espejo; a pesar de los años ha logrado mantenerse en forma. Tiene 38 años.
—¿Qué me dices, eh? –Pregunta, observando al espejo–. ¿No quieres hablar hoy, no? –Acaba diciendo, cabizbajo, mientras se abrocha la camisa roja–. Lo comprendo, ¿sabes? A mí tampoco me gusta hablar sobre estos asuntos. Me resultan… cómo se dice… repulsivos y desagradables –se acomoda la camisa con mesura, indiscretamente echa un vistazo al reloj sobre su muñeca; aún está a tiempo, está vez no llegará tarde.
—Deberíamos salir a comer está noche –dice, mientras se abalanza plácidamente sobre la corbata negra, colgada prudentemente sobre el colgador a un costado de su cama–. Será divertido, ya lo verás –finaliza, mientras se pone frente al espejo, una vez más.
—Bien, ya estoy listo –comenta, enérgicamente, mientras se dirige minuciosamente –intentando no hacer ningún ruido– hacía la puerta de la habitación; es pequeña, podría decirse que es solo un gran cuarto en que, con gran dificultad, ha logrado instalar una pequeña cocinilla, un baño con todo lo necesario tras una puerta que daba a la buhardilla de la habitación, y una cama barata que encontró tirada en una pequeña venta hace algunos días.
—Intentaré regresar temprano, querida –dice, mientras retira la chaquetilla del colgador que mantiene en la puerta principal; la acomoda sosegadamente y abre la puerta que da al pasillo del segundo piso de la pensión en la cual se hospeda.
—¡Te veré en la tarde, querida! –se le oye decir, mientras la puerta se cierra tras sus espaldas… un nuevo día ha comenzado para Alexander Eztenich, padre de dos niños, Frederick y Paul, y una mujer, Valery Eztenich.

AUTOMATIZADO

Es un hecho, y nadie puede negarlo. Las palabras que en este manuscrito habrán de ser evocadas, serán olvidadas y se perderán en las mentes de los hombres que han construido nuestro maravilloso mundo automatizado. Es evidente que, hasta este momento, a muy pocos de nuestros ciudadanos les ha importado el verse ultrajados por los seres que han controlado nuestra existencia a lo largo de los últimos cien años. Sin duda, y comprendiendo que los índices de mortalidad se han visto abruptamente reducidos, resulta comprensible –e incluso lógico– que poco o nada les importe a los hombres el curso de sus propios destinos. Es evidente que ya lo tienen todo, o no. Muchos olvidan que tras la máscara automatizada que recubre los cuerpos de nuestros gobernantes, hubo alguna vez una masa orgánica que envejecía y se pudría bajo la tierra al momento de la muerte. Es desconcertante pensar que los nuevos y sofisticados mecanismos tecnológicos nos han brindado una aparente –aunque real– inmortalidad.  

FINAL 

Aquel era el final, y tenía que perder mi mente para llegar a mí objetivo. Todas las oportunidades habían encontrado su benevolente final bajo las sombras del beneplácito de los cielos. Y habiéndome dejado aquí, sólo y con mis pensamientos, olvidado y perdido en un mundo caótico, supeditaron que inevitablemente afrontará mi destino, mi propio final.

INCONSCIENTE

Nadie quería nada. Todos se mostraban reticentes a aceptar cualquier obsequio y/o retribución por sus acciones; y es que la verdad jamás lo hicieron por los otros. Lo cierto es que siempre actuaron bajo su propia convicción y, en un intento por satisfacer su propio vacío interior, ejecutaron actos nobles y dignos de ser recordados. 

Siempre fueron egoístas que bajo la máscara de buscar un bien común, y bajo la sombra de sus rostros lozanos, imperturbables y desinteresados, hacían el bien ante los ojos de la humanidad. Pero lo cierto es que –inconscientemente– siempre buscaron su propio beneficio y bienestar.